Elena en griego antiguo quiere decir luz. Algo que brilla, resplandece, que deslumbra.

 

Sin embargo, la Elena de Constantinopla, la de la historia (247-330), nació en una familia humilde, de vida sencilla. Desde muy pequeña, en momentos que prevalecía el imperio romano, vivió de cerca la crueldad, la persecución y las matanzas a las que eran sometidos muchos habitantes de su pueblo. Por ser cristianos. Sin ser ella parte de ese credo, ni víctima directa, supo ponerse en el lugar de ellos, sensibilizándose profundamente con la situación. Sus semejantes importaron más que sus propios dioses.

 

Fue pareja del emperador Constancio y luego madre de Constantino. Desde el lugar que tuvo se rebeló a lo que siempre se venía haciendo y así hizo poner fin al calvario de tanta gente.

 

Ese fue su logro. Ponerle término a una histórica discriminación, ejercida desde el poder por razones divinas.

 

Como consecuencia de su gesto, se inició un largo proceso de oficialización de la Iglesia Católica en el imperio. Una iglesia, que inspirada en los mejores valores de Jesús de Nazareth, terminó constituyéndose, una parte de ella, con el tiempo, en aquello que Elena había logrado detener: la intolerancia, la persecución…Y valga la paradoja. Entre sus primeras víctimas estuvo la mujer.
Con la misma fuerza existió y existe la Iglesia de San Francisco, de los mártires, de Pérez Aguirre.

 

Hasta la propia María, mamá de Jesús y pareja de José el carpintero y mucho antes, la Eva de los primeros libros de la Biblia, no siempre han sido reconocidas como mujeres íntegras en su condición natural y humana.

 

Así y todo, Eva, María y Elena trascendieron y llegaron a nosotros por la calidad de sus actos: generosidad, humildad, empatía, humanismo.

 

Hoy nos duele nuestra Iglesia. Porque es nuestra. Porque a la mujer se le ha privado de tener el lugar igualitario que le corresponde. Lo que también ha contribuido a la génesis de los abusos que se están constatando y que tanto nos dañan.

 

Nuestro colegio nació inspirado en sus mejores valores, a manos de un grupo de mujeres aguerridas, que a pesar del lugar que se les asignaba a fines del siglo XlX, lucharon por hacer posible el proyecto Santa Elena que hoy continúa siendo conducido por docentes laicos.

 

Elena es nuestro nombre y sentimos orgullo por ello. Por eso mismo, en un día que se pretende reflexionar sobre la mujer, Elena nos inspira para que manifestemos nuestro más decidido deseo, de una profunda y honesta transformación de la Iglesia Católica.

 

Que la luz, el resplandor y el humanismo que Elena supo sembrar en su época, continúen guiando el rumbo de esta gran barca en los mares de un siglo XXI, en el que definitivamente aprendamos a tratarnos unos a otros, independientemente de nuestras condiciones o circunstancias, sólo como seres humanos iguales y diversos, capaces de desearle la felicidad al otro. Así como Eva, como María y como Elena.



Consejo Ejecutivo: Lujan Vazquez , Carlos Purgat, Pablo Cayota.